Viene “El Niño”, ¿vienen las lluvias?
En julio de 1997 cayeron 540 milímetros de agua sobre Santiago en pocos meses. Fue uno de los inviernos más lluviosos que registra la estación Quinta Normal, y coincidió con uno de los episodios de El Niño más fuertes del siglo. Esta semana, el principal centro de pronósticos meteorológicos del mundo publicó un gráfico que sugiere que algo parecido podría estar gestándose para el invierno que viene.
Los expertos pronostican que viene el Niño

El gráfico es del ECMWF, el centro europeo que produce los pronósticos meteorológicos más respetados del planeta. El eje vertical mide la anomalía del Niño 3.4, que es como llaman los meteorólogos a cuán caliente está una franja específica del Pacífico ecuatorial respecto a su temperatura normal de las últimas décadas. Ese es el índice ONI. Cuando esa anomalía se mantiene por encima de 0,5 °C durante varios meses, los climatólogos declaran oficialmente “El Niño”. Cuando cae bajo −0,5 °C, “La Niña”.
Y cada una de esas cincuenta líneas rojas no es un modelo distinto: son cincuenta corridas del mismo modelo, cada una empezando con condiciones iniciales ligeramente distintas. Es la forma que tienen los pronosticadores de mostrar honestamente que su mejor predicción no es una línea, sino una nube. Y esa nube, en abril de 2026, está apuntando alto: prácticamente todos los escenarios cruzan el umbral del Niño antes del invierno chileno, y muchos llegan a anomalías de 2 o 3 °C. Eso es Niño fuerte.
Hasta acá, la noticia es relativamente sencilla: viene Niño, y los inviernos de Niño en Chile suelen ser más lluviosos que el promedio. El gráfico del ECMWF responde la pregunta “¿qué tan caliente estará el Pacífico?”. Pero deja sin responder la que de verdad importa en Santiago: ¿lloverá más este invierno? Para responder eso hay que mirar dos cosas con cuidado.
El modelo puede fallar
Antes de creerle a un pronóstico, conviene preguntarse cómo le ha ido a ese mismo pronóstico en el pasado. Hay un caso particularmente útil: abril de 2017.

Es exactamente el mismo tipo de gráfico que el de más arriba, hecho por el mismo modelo, nueve años antes. Las líneas rojas mostraban lo que el ECMWF predecía en abril de 2017: la mayoría de los escenarios apuntaba a un Niño leve a moderado para la primavera siguiente. La línea azul punteada, agregada después con datos observados, muestra lo que terminó pasando en la realidad: en lugar de subir, la temperatura del Pacífico cayó. Donde el modelo veía Niño, terminó habiendo Niña.
Esto no es un defecto del ECMWF; es la naturaleza del problema. El sistema atmosférico es caótico, y los pronósticos a más de seis meses tienen márgenes de error reales. El gráfico de 2026 podría estar en lo correcto. Pero también podría no estarlo, y nadie tiene forma de saberlo todavía.
Incluso cuando el modelo acierta, a veces no llueve lo esperado en Chile
Supongamos por un momento que el ECMWF acierta esta vez y que efectivamente vamos hacia un Niño fuerte en primavera de 2026. ¿Garantiza eso un invierno lluvioso en Santiago? Para responderlo, vale la pena mirar la historia.

El gráfico cruza, para cada año desde 1967, el índice ONI, que resume cuán pronunciado fue el episodio de Niño o Niña, con cuánta lluvia cayó en Santiago entre mayo y agosto. La línea punteada muestra la tendencia general: sí, en promedio, los años con ONI más alto son más lluviosos. La correlación existe.
Pero miremos los puntos. En 1997 el ONI fue de 1,38 y cayeron más de 600 milímetros. En 2015 el ONI fue casi idéntico (1,45) y solo cayeron 150. Mismo Pacífico caliente, brecha de casi 500 milímetros entre dos inviernos que sobre el papel deberían haberse parecido. La naturaleza tiene mucha más imaginación de la que cabe en un solo número.
Y ahí viene el segundo dato, todavía más incómodo. Es cosa de mirar los círculos negros del gráfico: son los últimos diez años. Casi todos están por debajo de la línea de tendencia. Algunos, dramáticamente: 2019 (ONI levemente positivo, 65 mm de lluvia), 2021 (ONI levemente negativo, 56 mm), 2023 (ONI cercano a 1, lo que históricamente debería traer más de 300 mm pero llovieron 192).
En promedio, los últimos diez inviernos han llovido cerca de 46 milímetros menos de lo que la relación histórica entre el Pacífico y Santiago haría esperar. No es un puñado de mala suerte: podría ser un patrón. Algo cambió en la última década en cómo el Pacífico se traduce en agua sobre Santiago. Los climatólogos tienen varias hipótesis, pero el dato está ahí: la promesa estadística de “Niño fuerte = invierno lluvioso” vale, hoy, un poco menos de lo que valía en los años ochenta o noventa.
Lo que (probablemente) viene
Miremos de nuevo el primer gráfico de esta nota: cincuenta líneas rojas subiendo hacia un Niño fuerte. Es tentador leerlas como una promesa. Pero en realidad son cincuenta intentos de adivinar algo que la naturaleza todavía no decidió, aplicados a un país donde, además, la traducción entre lo que decida el Pacífico y lo que termine cayendo sobre Santiago se ha vuelto cada vez más imprecisa.
Probablemente este invierno llueva más que el pasado. Pero “probablemente” es la palabra que importa.


